Marina está aferrada al pasado. Cierra los ojos y se conecta con escenas que la gratifican, pero luego se da cuenta que ese bienestar dura sólo instantes. Todavía siente los brazos de Juan aferrados a su cintura, acariciándole el pelo, hablándole al oído, bailando su canción. Abre los ojos y vuelve a su escritorio, a la rutina diaria, a las cuentas por pagar… Los vuelve a cerrar y su mente viaja hacia otra escena: cuando estaba con Juan paseando en la lancha, empapados por el agua que levantaba el motor fuera de borda; aún siente la alegría y el sonido de sus carcajadas infundadas e incontenibles. Eso, que ella ha cristalizado como la imagen de la felicidad, la conmueve. De golpe abre los ojos y nada de eso está, ya pasó, no vuelve más y en lugar de ser lindos recuerdos, ahora se han convertido en un lastre que le impide seguir adelante. No puede soltar. No puede convertir los recuerdos en algo liviano que le permita crecer, mirar hacia el futuro, buscar algo nuevo. Marina se aferra a lo que fue y ya no existe. Ese peso en lugar de ser combustible que la eyecte hacia una nueva experiencia, la mantiene anclada al pasado.
Así como le sucede a Marina, existen personas a las que la percepción de su pasado las condiciona. Como no pueden volver a lo que vivieron o están aterradas ante su repetición, sienten que no tienen nada, están llenas de fantasmas y no quieren volver a construir.
Muchas veces el miedo las guía, porque quien se referencia al pasado teme que se repita o que no se repita. Esta sensación suele ser paralizante.
Las experiencias frustradas nos pueden servir de aprendizaje, enseñarnos a diferenciar lo que es perjudicial de lo que es valioso. Es cierto que implica un esfuerzo volver a organizarse, tomar el control de nuestra vida. Sin embargo, la existencia es siempre un empezar.

¿El tiempo se está acelerando, o es nuestra forma de vivir la que varió? Antes, padres y abuelos parecían transcurrir sus días con más placidez. Ahora el proceso de cambio nos exige mirar hacia el futuro, pero no negar el pasado, sino descristalizarlo. La flecha tiene que ser lanzada hacia adelante, y el gran desafío es soportar la incertidumbre del tiempo que viene, el temor que nos provoca no saber hacia dónde vamos. La persona que no puede soltar el pasado vive una frustración constante en el presente y ocupa su cabeza con comparaciones entre lo que está viviendo y lo que ya vivió. No puede darse cuenta de que ya es otra persona, que no es la misma de ese entonces, que no piensa como en tiempos pasados, que tuvo experiencias que la modificaron y ahora tiene la posibilidad de volver a elegir el camino a tomar. Y allí entran a jugar muchas emociones, entre ellas el miedo a equivocarse, porque no hay certezas posibles. Es que el mundo puede ser transitado con la mirada en lo que uno deja o en lo que está por venir. Para esa elección, sería importante reconocer cuáles son nuestros deseos y qué queremos lograr. Primero empezamos a soñarlo y luego trabajamos para que se haga realidad.

Y esto sería lo importante: que la Marina de nuestro relato intente reflexionar sobre cómo instrumentar los recursos para desengancharse del pasado. ¿Cuáles serían nuestras herramientas para lograrlo? Valorizar el presente. Conectarnos con él. Y allí todo va a fluir espontáneamente, sin dificultad, porque vamos a ser nosotros mismos sin ninguna coraza que nos presione. Es fundamental soñar y tratar de concretar en acciones nuestros deseos sin expectativas. Podremos llegar a asombrarnos o a desilusionarnos. No lo sabemos, y no importa demasiado. Es sólo largarse a transitar la vida; vivir en el presente es el desafío de estos tiempos rápidos. Quien surfea la ola no se ahoga.

El pasado debe ser visto y aquilatado, es la brújula que nos indica exactamente qué fuimos, adónde estamos ahora y con qué recursos experienciales contamos para seguir adelante.

Lic. Alicia Bittón
Psicóloga Clínica
Terapeuta familiar y de pareja
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