Las expectativas de los padres sobre los hijos

La expectativa nos habla de esperanza, de ilusión, de espera. Ese sentimiento es el que tenemos para con nuestros hijos y puede ser muy positivo cuando nuestra mirada está cargada de confianza hacia ellos. Sin embargo, si no es así, puede ser un obstáculo para su desarrollo personal.

En el primer caso, estamos ayudando a que construyan su autoestima, a que se sientan capaces de salir adelante. Para esto, deberíamos lograr un delicado equilibrio entre darles supervisión y asesoramiento y, a la vez, libertad en las elecciones. Queremos, a menudo, que alcancen lo que nosotros no pudimos. Les voy a dar un ejemplo muy simple y no por eso menos potente. Una mamá de treinta y ocho años, que nunca había aprendido a andar en bicicleta, en el momento en que su hijo de cuatro tuvo la oportunidad de hacerlo, paradojalmente fue ella la que le enseñó: le tenía la bici para que no se cayera, le decía: “Dale, vas a poder”. Era su asignatura pendiente y no quería ni imaginar que a su hijo pudiese pasarle lo mismo. Puso su energía para que el pequeño lograra lo que ella no había conseguido. Este caso nos muestra un resultado exitoso y un estímulo que ayudó a alcanzar un objetivo.

Una madre, con vocación de bailarina, que no llegó a concretar, tiene la expectativa que su hija lo logre. Con ese fin, la inscribe en una escuela de ballet en la que se ejercita diariamente. Sabe que esa carrera implica sacrificio, sin embargo no se da cuenta de que su expectativa es tan alta que supera la realidad. La hija, no tiene condiciones y tampoco un deseo genuino. En ese caso solo logrará frustrarse y ayudarle a construir una baja autoestima en un ambiente de obligaciones constantes.

Los niños que perciben altas expectativas de sus padres hacia ellos, que están lejos de sus deseos y de sus posibilidades, viven acongojados por no cumplir con lo que se les exige y, además, se sienten culpables e insatisfechos. Se ven a sí mismos incapaces y fracasados.

Cuenta la historia que, en algunas tribus del Amazonas, a la hora del nacimiento, los padres les ponen a los hijos los nombres y a continuación las características que desean que los represente en el futuro. Por ejemplo: Román, el invencible, Alberto, el guerrero, Julia, la silenciosa, Rosana, la inteligente.

Los invito a una reflexión: ¿Es o no difícil desprenderse de lo que esperan nuestros padres de nosotros? Por ese motivo, tengamos cuidado ya que nuestra ayuda puede ser determinante en la vida del niño.  Los padres somos la influencia más importante en la motivación de nuestros hijos, y el resultado va a depender de la forma en que la ejerzamos.

A menudo, los caminos que eligen los hijos no son los mismos que hemos soñado para ellos. Esto puede traer conflictos y frustraciones. Cuando un niño se siente valorado aprende también a valorarse. He escuchado a menudo frases como ésta: “Siempre sentí que no estaba a la altura de lo que esperaban de mí”. Es fundamental elogiar a los hijos cuando sentimos que lo merecen y señalarles las mejoras a medida que progresan.

Existen familias de dentistas, de médicos, de abogados. Quizá no les dijeron específicamente que siguieran la carrera de sus padres, aunque posiblemente desde muy chicos había una expectativa sobre ellos en ese sentido.

El deseo de los padres es: “Quiero que sea el mejor”. No todas las veces se consigue, es más, sería la excepción cuando se logra. Exigir a un hijo que dé lo mejor de sí mismo y mostrarle apoyo y confianza, no es lo mismo que se lo someta a nuestros deseos y expectativas de logro. El hijo no es una extensión de nosotros, tampoco un objeto.

Es muy importante que los padres sepan trasmitir a sus hijos lo que piensan y lo que sienten. Esto es a través del lenguaje y también con el tono de voz, con un gesto, con una sonrisa, una mirada, demostramos aceptación. En la formación de la identidad, el niño aprenderá a verse a sí mismo tal y como lo ven las personas más importantes para él.

Algunas sugerencias en la relación con los hijos que quizá puedan serles de utilidad:   reconocer sus capacidades y limitaciones, sin compararlo con nadie. Evaluar las expectativas que tienes hacia tu hijo y reflexionar si lo que le estás exigiendo es lo que deberías haberte exigido a vos mismo. Si no pudiste alcanzar tus metas tendrías que resignarte. No cargar sobre él o ella tus insatisfacciones, porque él vino a la existencia a cumplir su propósito. Creer en él, para que pueda creer en sí mismo.

Lic. Alicia Bittón
Psicóloga Clínica
Terapeuta familiar y de pareja
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